Las cifras oportunas que dio a conocer el INEGI en los últimos días obligan a matizar el diagnóstico que predominaba hasta hace apenas unas semanas respecto al cierre de 2025.
Contra lo que anticipaba el consenso, la economía mexicana mostró un desempeño mejor al previsto, impulsado por un consumo privado todavía resistente y por un gasto público que seguramente mantuvo un ritmo elevado hacia el final del año, aunque aún no tenemos estadísticas.
El Indicador Oportuno del Consumo Privado correspondiente a diciembre registró un crecimiento anual de 4.9 por ciento, una tasa notablemente superior a la observada en meses previos y que confirma que, pese al endurecimiento monetario acumulado y a la desaceleración del ingreso real, los hogares mantuvieron una propensión al gasto, mayor a la anticipada. No es un dato menor: el consumo explica cerca de dos terceras partes del PIB y suele ser el primer termómetro del ciclo económico.
Ayer conocimos el Indicador Oportuno de la Actividad Económica, que para el último mes del año reportó un crecimiento anual de 2.3 por ciento, también muy por arriba de los registros recientes. Con ambos elementos, se puede estimar que el PIB habría crecido 1.7 por ciento en el cuarto trimestre de 2025, lo que de confirmarse con las cifras definitivas implicaría el mejor desempeño trimestral desde el primer trimestre de 2024.
Este cierre relativamente más sólido abre la puerta a una revisión al alza de las estimaciones de crecimiento anual de 2025.
El consenso de analistas, reflejado en la más reciente encuesta de Citi México, apuntaba a una expansión de apenas 0.4 por ciento para todo el año. Con la nueva información, un crecimiento más cercano a un rango de 0.5 a 0.7 por ciento es lo más probable. Sigue siendo una tasa modesta, pero lo más importante es que ya va en otra trayectoria con los datos del cierre de 2025.
Conviene, sin embargo, poner estas cifras en perspectiva histórica. En México, el primer año de cada nueva administración suele ser económicamente débil. Las razones cambian en cada sexenio —ajustes de gasto, cambios regulatorios, incertidumbre política—, pero el patrón se repite con frecuencia.
En 2019, el primer año del gobierno de López Obrador, la economía cayó -0.1 por ciento, aun antes del impacto de la pandemia. En 2013, con Enrique Peña Nieto, el PIB creció apenas 0.9 por ciento, muy por debajo del 3.6 por ciento con el que cerró el sexenio de Felipe Calderón, reflejando un freno inicial en la política de gasto y en la inversión.
Paradójicamente, Calderón fue quien tuvo el mejor arranque económico del siglo XXI: en 2007, pese al conflicto poselectoral, el PIB creció 2.1 por ciento. Vicente Fox inició su gobierno en 2001 con una caída de -0.5 por ciento, en medio de la recesión, y la debilidad se prolongó casi dos años. Y si retrocedemos a 1995, el primer año de Ernesto Zedillo quedó marcado por la llamada “crisis del tequila” y una contracción de -5.9 por ciento, el peor arranque económico de la era moderna.
Desde esta óptica, el desempeño de 2025 no desentona con la experiencia histórica. El verdadero reto para la administración actual no es tanto cómo cerró su primer año, sino si logra cambiar la trayectoria a partir del segundo. Y ahí es donde el contexto se vuelve más exigente.
El entorno global de 2026 luce complejo: crecimiento mundial moderado, tasas de interés que bajan lentamente, tensiones comerciales persistentes y un proceso de revisión del T-MEC que añade incertidumbre. En ese escenario, México no puede darse el lujo de depender únicamente del consumo y del gasto público para sostener la actividad.
La clave estará en reactivar la inversión, tanto pública como privada. La inversión fija bruta sigue por debajo de su potencial y la confianza empresarial está en el terreno del pesimismo.
Sin señales claras de certidumbre regulatoria, respeto a contratos y una estrategia creíble de finanzas públicas, será difícil que el capital privado asuma el papel que se requiere para elevar el crecimiento.
El cierre de 2025 fue mejor de lo previsto. Pero ese alivio estadístico no garantiza nada hacia adelante.
El 2026 será el año en el que se sabrá si este gobierno logra romper la inercia de arranques débiles o si, una vez más, México se conforma con crecer poco.

