Parecería que todo tiempo pasado fue mejor, lector querido. Pero justo este lunes casi podemos decir que todo tiempo pasado todavía no ha pasado. Hoy, cierto tiParecería que todo tiempo pasado fue mejor, lector querido. Pero justo este lunes casi podemos decir que todo tiempo pasado todavía no ha pasado. Hoy, cierto ti

Edgar Allan Poe y la maquinaria de la eternidad

Parecería que todo tiempo pasado fue mejor, lector querido. Pero justo este lunes casi podemos decir que todo tiempo pasado todavía no ha pasado. Hoy, cierto tipo de terror, que incluye la ciencia ficción que aterra, los videojuegos que nos amenazan, las biografías de asesinos seriales y el espanto negro y gótico plagado de calaveras, son temas que parecen estar más presentes que nunca. Se construye una nueva cultura popular que ya no es nueva. Es culpa de la obra literaria y periodística de Edgar Allan Poe, quien nació hace poco más de 200 años, en Boston, justo un 19 de enero, como el de hoy.

Fue hijo de David Poe, actor de ascendencia irlandesa, y de Elizabeth Arnold, también actriz. Huérfano de ambos a muy temprana edad, su destino empezó a sellarse. El niño Edgar, de hermosos rizos negros y ojos enormes e inteligentes, fue acogido, aunque no adoptado legalmente, por el escocés John Allan, próspero mercader de tabaco, y su mujer Frances. A los cinco años recitaba versos aprendidos de memoria a las damas sureñas que acudían a tomar el té por la tarde, y por las noches aprendía de su nodriza de raza negra los cánticos característicos de la gente de color. Hecho que, juran sus fanáticos, influyó en la magia rítmica de obras suyas como El cuervo, Ulalume y Annabel Lee. Después, toda la familia Allan se fue a Inglaterra y el joven Edgar recibió esmerada educación en dos internados, primero en Londres y luego en Stoke Newington.

A los 15 años regresó a Richmond, se enamoró por primera vez, le rompieron el corazón y tuvo una gran pelea con su padrastro, en la que ambos cometieron faltas tan torpes como imperdonables. Un velo oscuro, que nunca se retiraría, cayó sobre su vida irremediablemente.

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Foto: Especial

Pero también llegaron otras cosas definitivas: su convicción de que la poesía era la máxima expresión de la literatura, su interés romántico por lo oculto y lo diabólico, su dominio extraordinario del ritmo y el sonido, ensayos que se hicieron famosos por su sarcasmo, ingenio y exposición de pretensiones literarias, su primer premio, de 50 dólares, por el relato “Manuscrito hallado en una botella”. Su cuento “Los crímenes de la calle Morgue” lo convirtió en el fundador del género de la novela de misterio y policíaca y su única novela Las aventuras de Arthur Gordon Pym (1861), de crudo realismo, tuvo gran éxito. Su labor como escritor, periodista y crítico fue admirada y reconocida. Pero los demonios no se iban y venían acompañados de alcohol, opio y desenfreno.

Pocos pudieron sustraerse a la tentación —o a la evidencia— de que su pasado, su estado mental, su apasionada adicción a los excesos, eran el motivo y el tema principal de su escritura. El mismo Jorge Luis Borges escribió al respecto en un artículo publicado en el periódico La Nación: "Detrás de Poe, (como detrás de Swift, de Carlyle, de Almafuerte) hay una neurosis. Interpretar su obra en función de esa anomalía puede ser abusivo o legítimo. Es abusivo cuando se alega la neurosis para invalidar o negar la obra; es legítimo cuando se busca en la neurosis un medio para entender su génesis. Arthur Schopenhauer ha escrito que no hay circunstancia de nuestra vida que no sea voluntaria; en la neurosis, como en otras desdichas, podemos ver un artificio del individuo para lograr un fin. La neurosis de Poe le habría servido para renovar el cuento fantástico, para multiplicar las formas literarias del horror. También cabría decir que Poe sacrificó la vida a la obra, el destino mortal al destino póstumo".

Es muy cierto que haciendo una lectura atenta de su obra, cualquiera podría decir de memoria los elementos de los que Poe echaba mano para expresar la melancolía, el horror, el infierno que, inevitable, se develaba poco a poco. Y que escribió sus relatos con este plan maestro. Pero Poe, que era también un crítico literario y dedicó muchas noches a reflexionar sobre la naturaleza y el método de la composición, desdeñaba cualquier análisis superficial, aunque aspirara a lo profundo. Así lo escribió: “Ver con claridad la maquinaria —las ruedas y engranajes— de una obra de arte es, fuera de toda duda, un placer, uno que también puede ser aterrador, si te atrapa y sobrevive, mientras te consume lentamente.”

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Foto: Especial

Lo sabía. Sucede justo ahora. Edgar Allan Poe todavía está vivo. Podríamos decidir, como en un juego –macabro, por supuesto– si es que compuso su fantástica obra valiéndose de instrumentos ajenos a su voluntad o simplemente estaba cediendo a la inspiración con el único instrumento del talento, o pensar que su más alto propósito era construir una maquinaria que lo mataría y le daría la eternidad.

Para que lo decida usted, lector querido, le regalo sus palabras

“Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos; pero yo, el que escribe, habré entrado hace mucho en la región de las sombras. Pues en verdad ocurrirán muchas cosas, y se sabrán cosas secretas, y pasarán muchos siglos antes de que los hombres vean este escrito. Y, cuando lo hayan visto, habrá quienes no crean en él, y otros dudarán, más unos pocos habrá que encuentren razones para meditar frente a los caracteres aquí grabados con un estilo de hierro.”

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