Aquí la protagonista no es una pelota común, sino una esfera de 1,22 metros de diámetro, una suerte de monstruo inflable que desafía todas las nociones de juego y transforma lo que podría ser un deporte tradicional en una experiencia hilarante y muy divertida. La sola presencia de este balón gigantesco ya garantiza risas, mientras obliga a los jugadores a adoptar posturas ridículas y a colaborar de manera inusual para evitar que toque el suelo.
Lo divertido reside en la espectacularidad de los saques y las recepciones, donde los jugadores tienen que coordinarse con urgencia, a menudo cayendo o estirándose de forma cómica, haciendo del Kin-Ball no solo un ejercicio físico, sino un festival de destreza torpe y trabajo en equipo memorable.
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Creado en Quebec (Canadá) en 1986 por el profesor de educación física Mario Demers, el Kin-Ball forma parte de los denominados deportes alternativos que promueven especialmente valores como la cooperación, la inclusión y la ausencia de contacto físico agresivo.
Sin dudas, lo que mejor lo define es el tamaño de ese balón gigantesco (Omnikin) de 1,22 metros de diámetro. Otra característica curiosa es la lógica del juego, que involucra a tres equipos de cuatro jugadores compitiendo simultáneamente.
Con presencia en países como Canadá, Japón y Bélgica, su desarrollo en la Argentina es más reciente y se ha centrado principalmente en el terreno educativo. “A diferencia de los deportes tradicionales, ganar no es lo más importante. En cada partido y cada entrenamiento se aprecia el compañerismo, el cooperativismo, el juego limpio y el espíritu deportivo. Es un deporte inclusivo, que pueden practicar niños desde los 6 o 7 años hasta los adultos de diversas condiciones físicas, motoras o cognitivas”, explica el kinesiólogo Daniel Castillo, presidente de la Asociación Argentina de Kin-Ball y precursor de los deportes alternativos en Córdoba desde 2014.
La mecánica del Kin-Ball es tan sencilla como exigente. El objetivo del equipo atacante es golpear el balón hacia uno de los dos equipos rivales, gritando primero la palabra “Omnikin” seguida del color del equipo receptor (“¡Omnikin, Negro!”). El equipo receptor debe atrapar el balón antes de que toque el suelo, utilizando cualquier parte del cuerpo. Si el balón cae, los otros dos equipos anotan un punto cada uno, forzando al equipo que falló a sacar de nuevo. Una regla fundamental es que todos los miembros del equipo atacante deben estar en contacto físico con el balón al momento de golpearlo, lo que elimina la posibilidad de que un solo “jugador estrella” domine el partido y obliga a una coordinación constante.
Por su diseño, las dificultades de manipular una pelota gigante y las características de su campo de juego (un cuadrado de 20 x 20 metros), el Kin-Ball ofrece una amplia gama de beneficios para la salud.
“Es un deporte cooperativo que implica desplazamientos repetidos, aceleraciones súbitas y movimientos de sostén de una pelota de gran volumen, lo que genera una activación del tren inferior, superior, favorece el desarrollo de fuerza funcional, potenciación neuromuscular, coordinación intermuscular y propiocepción gracias a los movimientos amplios, cambios de dirección y tareas que requieren sinergia entre varios jugadores”, explica el médico Ulises Godoy, especialista en cardiología. Y refuerza: ”Además, por su estructura cooperativa, disminuye el estrés competitivo y facilita la inclusión de jugadores con distintos niveles de condición física”.
El esfuerzo continuo y la necesidad de reacciones rápidas elevan la frecuencia cardíaca, mejorando la resistencia y la salud del corazón. “En términos cardiovasculares, induce un estímulo aeróbico-anaeróbico mixto. Los desplazamientos constantes, carreras intermitentes y maniobras de anticipación generan un aumento sostenido de la frecuencia cardíaca, mejoran el gasto cardíaco, optimizan la perfusión periférica y estimulan mecanismos de remodelación cardiovascular fisiológica. Este tipo de esfuerzo intermitente incrementa la capacidad aeróbica, mejora la eficiencia ventilatoria, favorece la regulación de la presión arterial durante el ejercicio y contribuye al mejor control metabólico”, sigue Godoy.
Por otro lado, el manejo de un balón de 1,22 metros desafía la coordinación y la percepción espacial de manera única. Los jugadores deben medir distancias de forma no tradicional y coordinar sus movimientos con los de sus tres compañeros para lograr el golpeo o la recepción en equipo. Esto es especialmente beneficioso en entornos escolares o de iniciación deportiva, ya que facilita el desarrollo de la coordinación y el equilibrio sin la presión de una técnica individual excesivamente compleja.
En cualquier caso, seguramente el mayor atractivo del Kin-Ball resida en sus beneficios psicosociales. El deporte fue diseñado para combatir el individualismo, y su sistema de puntuación refuerza este principio:
A pesar de ser un deporte de bajo impacto, requiere ciertas precauciones.
“Es importante realizar un pre-entrenamiento supervisado, con calentamiento articular y muscular para reducir el riesgo de lesiones. Dado el tamaño de la pelota y las maniobras de sostén en posición trípode, se recomienda evaluar la movilidad de hombros y caderas, para prevenir esguinces y sobrecargas. A nivel cardiológico, en personas que inicien actividad moderada a intensa, se aconseja una evaluación médica previa, incluyendo electrocardiograma, evaluación de presión arterial, y en mayores de 35 años o con factores de riesgo, ergometría para descartar isquemia inducible. También son clave la técnica correcta de agarre y golpeo (evitando rotaciones bruscas del tronco), la hidratación y vigilancia del entorno para evitar colisiones, dada la dinámica tridireccional del juego”, remata Godoy.

