En el Bajo de San Isidro, visitamos el espacio donde se fabrica una de las sillas más icónicas del diseño argentinoEn el Bajo de San Isidro, visitamos el espacio donde se fabrica una de las sillas más icónicas del diseño argentino

Un recorrido por el taller que mantiene vivo el legado de la silla BKF

2026/03/16 11:00
Lectura de 4 min
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“Big BKF nace en el ’99, cuando estaba por cumplir 20 años y recién salía de la secundaria. En el campo de unos amigos veía los cueros tirados, doblados y pudriéndose”, cuenta Santiago Palermo, dueño de la marca argentina que reproduce la icónica silla de 1938 diseñada por los arquitectos Bonet Castellana, Kurchan y Ferrari Hardoy.

Santiago Palermo, dueño de Big BKF, sentado sobre su favorita: la ‘Polo Antique’, hecha en cuero de montura de 4 mm y curtido vegetal.

“Recuerdo que me decían: la sal para conservarlo sale más cara que pagarle a un barranquero —en ese momento, ocho pesos—. Entonces pensé: hay que hacer algo con ese descarte. Y eso me llevó a imaginar un producto grande que usara mucho cuero.”

Rollos de cuero en distintos tonos y espesores esperan su turno en el taller, donde cada pieza se selecciona a mano antes de convertirse en una Big BKF.

Para Palermo, la Butterfly Chair no es solo una silla: es diseño argentino puro, con historia en cada costura y tres días de trabajo artesanal detrás de cada pieza. Lejos de cualquier idea de producción en serie, cada Big BKF es única: desde el inicio, cada una se entrega con certificado de numeración y queda registrada en el libro personal de Santiago.

Las herramientas de talabartería cuelgan ordenadas en el taller, listas para cada etapa del trabajo en cuero.

El modelo Big BKF es apenas seis centímetros más grande que el original. “Quiero que sientan que tienen una obra de arte en casa. Es una leather art piece, hecha en cuero de silla de montar 100% curtido vegetal, que envejece maravillosamente -como el buen vino- y te acompaña con los años. Su estructura de hierro es tan elegante como duradera”, comentó.

“Siempre estamos perfeccionando la silla, trabajando junto a nuestros maestros artesanos para mejorarla continuamente

Santiago, contador y administrador de empresas, viene de una familia con fuerte herencia artesanal. Su abuelo, pintor, fue una inspiración clave con sus empapelados cuando él arrancó el proyecto. “Admiraba profundamente su trabajo manual; me contagió el amor por hacer con mis propias manos”, cuenta. “Es un placer trabajar con un material tan noble como el cuero argentino”.

Las distintas partes de la funda van tomando forma en la mesa de trabajo, donde cada corte y cada costura se realizan a mano.

“Siempre quise hacer la mejor BKF del mundo. Creo que aún hay muchísimas oportunidades y mucho por crear. Tengo en la cabeza diseños que todavía no llevé a cabo, pero que algún día haremos. Me encanta reversionarla e inspirarme en este diseño único, con sus curvas, su hierro y su cuero”.

El cuero se marca, corta y prepara de manera artesanal, paso a paso, antes de pasar a la costura final.

En el taller trabajan dos tipos de cuero, ambos curtidos de manera vegetal, un proceso que utiliza taninos de los árboles. Ese método artesanal le da al material un sonido particular, casi de madera, que se percibe al sentarse. Dentro de esta producción, hay dos variantes principales: el cuero “polo”, también llamado cuero de montura —el mismo que se usa para las botas de polo—, con un espesor de 4 mm, y la baqueta mediana, que responde al diseño original de la BKF y se distingue por sus bordes redondeados.

La costura del cuero se realiza a mano y con máquina industrial, asegurando precisión en cada funda.

Con estos materiales elaboran dos tipos de fundas para la BKF: una más gruesa y otra más delgada, aunque ambas igual de resistentes, capaces de soportar hasta 240 kilos. Los bordes cambian según la versión: la ‘Polo’ utiliza terminaciones al filo, mientras que la baqueta mantiene el contorno clásico. Todo el proceso, desde la selección del cuero hasta las costuras finales, se realiza con la precisión y el oficio de sus maestros artesanos, quienes continúan perfeccionando cada pieza día a día.

“Nuestras sillas son teñidas, cosidas y estampadas a mano con verdadera maestría”, confiesa Santiago. Las pieles naturales también forman parte de ciertas ediciones: cada una aporta un carácter único a las fundas.

Al día de hoy, Santiago cuenta que todavía hay mucha gente que se sorprende al descubrir que el diseño de la icónica BKF es argentino. “Mucha gente no sabe quién creó la BKF, pero la recuerda de su infancia: me escriben porque la heredaron de sus abuelos y no saben qué hacer con el armazón. Cuando descubren que es argentina, se emocionan”.

Considerada una de las piezas modernistas más influyentes del último siglo, la BKF es también el diseño argentino más reconocido en el mundo. En el taller conviven dos clásicos: la BKF de 1938, fabricada con estructuras en hierro negro, cromo, oro, cobre o acero inoxidable, y la Tripolina de 1881, realizada con estructura de madera. La BKF original, creada por Bonet, Kurchan y Ferrari Hardoy, trascendió su tiempo hasta convertirse en un verdadero objeto de culto por su síntesis y carácter atemporal. En la foto vemos la 'Polo Antique' y la 'Polo London', una de las más vendidas.

La historia de la silla Tripolina se enlaza directamente con la de la BKF. Aunque muchos creen que la Tripolina es anterior, en realidad comenzó a fabricarse unos dos o tres años después. Sus creadores se inspiraron en un modelo lanzado 60 años antes por FEMBY, que a su vez retomaba la lógica de las sillas utilizadas por los jeques en lo alto de los camellos. “Esa genealogía me llevó a indagar más atrás en el tiempo para rastrear el verdadero origen del diseño y comprender cómo ciertas ideas viajan, mutan y se reinventan”, completó.

“Hay sillas que dejamos envejecer y se vuelven cada vez más atractivas”, explica Santiago sobre la funda del cuadro y la pieza que se refleja en él, a la que le tiene un cariño especial. En la estantería, las BKF en miniatura —a escala 1:6— conquistan como pequeños objetos decorativos.

La BKF retoma algunas de esas formas históricas, aunque su esencia es completamente distinta. Mientras la Tripolina funciona más como una silla estructural y portable, la BKF fue pensada como un sillón para relajarse: es más baja, más generosa en sus curvas y con una presencia escultural que la hace única desde su creación. Dos piezas emparentadas por la historia, pero muy diferentes en espíritu y en modo de habitar.

Hoy, las sillas Big BKF están por todo el mundo: llegaron a Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda y Europa.

Cada silla requiere cuatro piezas de cuero argentino 100% puro, cortadas y cosidas a mano con precisión milimétrica, y terminadas con bordes reforzados mediante doble costura. El resultado es una pieza noble y resistente, donde la mano del artesano se percibe en cada detalle.

De líneas simples y hecha con recursos básicos, la BKF puede producirse con lo esencial: un herrero, un curtidor y un diseño que se volvió un clásico.
  • El taller y showroom de Big BKF se encuentra en España 837, San Isidro.
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