El comunicado de la dirección de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) tras el inicio de la última guerra de Donald Trump y Benjamin Netanyahu: “Observamos con gran preocupación los ataques de Israel y Estados Unidos contra Irán. Instamos a todas las partes beligerantes a actuar con la máxima moderación. La población civil y las infraestructuras civiles deben permanecer protegidas. Debe respetarse sin restricciones el derecho internacional y el derecho internacional humanitario. La nueva desestabilización de Oriente Próximo no beneficia a los intereses alemanes y debe finalizar”.
El texto, colgado en la plataforma X por el grupo parlamentario de AfD en el Bundestag pocas horas después del ataque, generó una cascada de comentarios que demuestran cómo la guerra de agresión de Trump y Netanyahu está desgarrando el espacio ideológico de la ultraderecha alemana. “Guau, el comunicado parece de un partido de izquierda”, dice uno. “¿No es este un texto de Baerbock y Von der Leyen?”, agrega otro. “El islam político debe ser combatido siempre y en todos lados”, señala otro.
Las críticas, en este caso, no venían precisamente de movimientos de izquierda o antifascistas, sino de perfiles claramente pertenecientes al espectro ideológico que rodea a AfD. En el contexto de una guerra, apoyada abiertamente por el canciller conservador Friedrich Merz y cuyas consecuencias pueden afectar seriamente a la economía alemana, el partido de ultraderecha se encuentra bajo fuego amigo.
La condena de la guerra contra Irán de la presidencia conjunta de AfD, conformada por Alice Weidel y Tino Chrupalla, llama aún más la atención por la estrecha relación mantenida entre el partido ultra alemán y el trumpismo. El vicepresidente de EE.UU., JD Vance, dio el año pasado un discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich que se podía interpretar como todo un espaldarazo a Alternativa para Alemania en vísperas de unas elecciones federales alemanas. Numerosas voces de AfD han aplaudido e incluso tomado como ejemplo para el futuro de Alemania las redadas antimigratorias de ICE en EE.UU.
En el actual contexto geoestratégico, sacudido por la guerra en Oriente Medio, se observan dos facciones dentro de AfD: la ultraderecha transatlántica y proisraelí –que se mira en el espejo del neoconservadurismo encarnado por Trump y los halcones que le rodean en su segundo mandato– y la ultraderecha soberanista, proteccionista y de posiciones nacional-étnicas, encarnadas mejor que nadie por Björn Höcke, líder de AfD en estado de Turingia y del ala más radical del partido.
“La división en materia de política exterior dentro de AfD es el resultado de un partido que alberga bajo un mismo techo dos visiones geopolíticas profundamente incompatibles”, escribe el periodista alemán Nils Schniederjann, especializado en ultraderecha y cofundador del boletín Überrechts. “Por un lado, está el sector que se orienta culturalmente hacia EE.UU., entiende Occidente como un proyecto civilizatorio y considera a Israel como un puesto avanzado de ese proyecto. Por otro lado, está el sector que rechaza a EE.UU. como potencia hegemónica imperialista, quiere posicionar a Europa como una unidad geopolítica independiente y, a menudo, aunque no siempre, argumenta en línea con los intereses rusos”.
Esa tensión dentro de AfD descrita por Schniederjann se puede aplicar a la familia política ultraderechista europea, con las particularidades que presenta cada uno de los países. La guerra contra Irán genera un cisma en la ultraderecha europea que se puede resumir en tres grandes posiciones: los indecisos –que prefieren callar o mantener un perfil bajo sobre una guerra que les perjudica–, los que apoyan abiertamente la guerra iniciada por Trump y Netanyahu, y los que se oponen a ella.
El representante más destacado de la primera facción es el primer ministro húngaro, Víktor Orbán. En los primeros días de la guerra, Orbán mantuvo un silencio atronador. Es uno de los principales aliados de Trump –y de Vladímir Putin– dentro de la UE, le gusta presentarse como un defensor de la paz y se opone a la ayuda militar a Ucrania, y ni apoyó ni condenó los ataques contra la República Islámica. Orbán se encuentra en plena campaña, en la antesala de unas elecciones generales húngaras el próximo abril. Las encuestas proyectan su primera derrota electoral en 16 años. La guerra de Irán llega, por tanto, en el peor momento para él y su “democracia iliberal”.
Con unas elecciones municipales a la vuelta de la esquina, el líder ultraderechista francés Jordan Bardella ha intentado mantener un equilibrio: aunque al comienzo de la ofensiva no la condenó de forma directa, subrayó que cualquier cambio de régimen “legítimo y sostenible” debe provenir del pueblo iraní. Rápidamente, pasó a centrarse en el impacto económico negativo que la guerra tiene sobre los ciudadanos franceses.
Nigel Farage, el líder de Reform, en su congreso en Birmingham, Inglaterra, el 5 de septiembre.Entre las voces destacadas que apoyan la agresión contra Irán se encuentran Vox y Reform UK, de Nigel Farage. El presidente del partido de ultraderecha español, Santiago Abascal, dijo que el ataque a Irán le generaba “gran esperanza” sobre la caída de la República Islámica y no dudó en acusar al Gobierno de Pedro Sánchez de acercar a España a “la oscuridad antioccidental” por su negativa a permitir a EE.UU. el uso de las bases de Rota y Morón para hacer la guerra.
Farage, un seguidor declarado de Trump que incluso participó activamente en campañas en favor del líder republicano, no ha dudado en atacar al primer ministro británico, el laborista Keir Starmer, por hacer peligrar la “relación especial” de Reino Unido con EE.UU.: “Está arriesgando la relación con un país sin el que estamos indefensos”, dijo Farage recientemente a la agencia Reuters por las dudas expresadas por Starmer sobre la guerra. No obstante, el líder ultra británico parece haber cambiado de rumbo recientemente dado el escaso apoyo de la población del país a la ofensiva.
Y la facción de la ultraderecha europea más crítica con la agresión está encabezada por la primer ministra italiana, la posfascista Giorgia Meloni, de Hermanos de Italia. Aunque su Gobierno justificó en un primer momento los ataques contra Irán, días después, y tras las críticas de la oposición, Meloni fue tajante: “No estamos en guerra ni queremos entrar en ella”. Este miércoles, la primera ministra italiana reconoció que el ataque está “fuera del derecho internacional”, aunque agregó: “Tampoco podemos permitirnos un régimen de ayatolás en posesión de armas nucleares”.
Estas declaraciones sitúan a Meloni, curiosamente, más cerca de Pedro Sánchez que de Santiago Abascal en la cuestión iraní, un síntoma de las enormes contradicciones a las que se enfrentan los líderes de la ultraderecha europea, alineados en el pasado mayoritariamente con el movimiento MAGA de Trump, y que ahora ven cómo ello les puede pasar factura por las consecuencias de la guerra contra Irán que ya se ciernen sobre el Viejo Continente.



En el año de 1976, Telmex recibió un título de concesión mediante el cual se le permitía instalar, operar y mantener una red pública de telecom