En 2021, Mónica Sejas empezó a sentirse “rara”. Entre otras cosas, no le caía bien la comida. Los análisis clínicos que se realizó en aquel momento arrojaron que tenía 26 de hematocrito, valor que indica la proporción de glóbulos rojos en la sangre, cuando, en general, para las mujeres adultas, el rango normal es de 36% a 48%.
Cuando el especialista que la atendió observó los estudios, lo primero que le indicó fue que se hiciera una colonoscopia, el resultado fue un tumor maligno en el colon: “Lo primero que sentí fue una especie de negación, me pregunté cómo podía estar pasándome esto. Mi hija estaba llorando y yo tenía que volver a ser fuerte y decirle que todo iba a estar bien”, recuerda Mónica.
A los pocos días le realizaron una tomografía para ver si el cáncer se había esparcido por otros órganos y, efectivamente, tenía metástasis en el hígado.
“Estaba en la clínica cuando me lo dijeron, me quería morir. Fue horrible. Vinieron a mi mente todas las típicas preguntas que se hace todo el mundo: ´¿Por qué a mí? ¿Por qué Dios me manda esto, si yo no le hice mal a nadie? ¿Cómo fue todo tan rápido?´ Un viernes me había enterado de que tenía cáncer de colon y el martes, que tenía metástasis en el hígado. Tan solo habían pasado cinco días. Era demasiado pronto, pero, en realidad, yo no había escuchado a mi cuerpo por años. Esa es la verdad. En ese momento no podía pensar. Sentía que se me abría el piso y me caía.
Cuando Mónica cuenta que no le había prestado atención a los mensajes que le enviaba su cuerpo, se refiere a que no sentía ni se daba cuenta de aquello que no andaba bien. Puntualmente, destaca que había tenido fiebre, anemia, dolores y que se sentía hinchada.
Los médicos decidieron que debía hacer el tratamiento de quimioterapia oral y endovenosa.
En el peor momento de su vida, Mónica se apoyó “muchísimo” en su hija. “Estábamos en plena pandemia, así que teníamos que transitar todo esto cumpliendo con la distancia, estando alejadas, con barbijo. Me acuerdo que cuando me puse a llorar, el oncólogo me dijo: ´A ponerle ganas y fuerza´. Yo miré a mi hija y le dije: ´No llores´. Pensé que no teníamos que llorar, sino actuar”.
Pasar la enfermedad en pandemia, cuenta, fue muy difícil porque durante sus internaciones tenía restringidas las visitas. “Me acuerdo que mi nieto, que en ese momento tenía cinco o seis años, todas las noches me mandaba audios contándome lo que había hecho en el colegio o algún chiste para hacerme reír. Me decía que me amaba, y eso me hacía muy bien. Mi yerno también me ayudó mucho en todo este proceso”.
El amor incondicional de su familia, lo que ella denomina esos pequeños gestos, le hicieron muy bien mientras enfrentaba la quimio. “Son mimos al alma. Yo pensaba que tenía que salir adelante por ellos. Es durísimo, pero hay que transitarlo. Traté de poner lo mejor de mí”, confiesa.
A raíz de la enfermedad, Mónica estuvo ostomizada (le realizaron una cirugía que creó una abertura artificial en el abdomen para permitirle la salida de desechos corporales como heces u orina) durante seis meses.
“Me hicieron dos operaciones juntas: la del cáncer de colon y la de hígado. Me sacaron casi tres cuartas partes del hígado. Mis heridas son muy grandes. Volver a caminar me costó muchísimo. Hacía tres pasos y tenía que volver a sentarme porque no podía mantenerme en pie. Un día hacía tres pasos, a los dos días hacía siete. Después, empecé a llegar a la esquina”.
Sin embargo, vuelve a hacer hincapié en que le costó “un montón” reponerse de ambas cirugías. Me quedaron cicatrices en todo el cuerpo. Es tremendo. A veces, me da bronca porque la ropa no me queda igual, se nota. Tengo que usar ropa suelta. Lidio con un montón de cuestiones estéticas. Pero acá estoy, eso es lo que importa”.
Todo lo que vivió en los últimos años la hizo tomar conciencia de la importancia de comenzar un tratamiento psicológico porque siente que hubo un antes y un después de la enfermedad. “No quiero ser la que era antes del cáncer. Quiero ser la que estoy aprendiendo a ser. Ahora valoro cosas a las que antes, tal vez, no les daba importancia. Después del cáncer, quiero aprender a sanar heridas, a no tener rencores y a perdonar.
¿Por qué decís que el cáncer marcó un antes y un después en tu vida?
El cáncer casi me mata. Y esa experiencia me enseñó que casi pierdo todo, que la vida pasa por otro lado. Hoy quiero respirar sin prisa, disfrutar a los míos y disfrutarme con todas mis imperfecciones y sueños. No criticarme más y saber que hay que poner garras y salir adelante siempre.
Un mensaje para quienes están enfrentando una enfermedad oncológica
Si tuviera la posibilidad de hablar con alguien que está pasando por esto, le diría: “Tomate el tiempo que necesites, llorá, insultá. Hacé el tratamiento que indique el médico. Sé que es difícil, pero tratá de ponerle alegría. Levantate a la mañana, respirá hondo y decí: ´Yo de esta voy a salir´”.
La historia de Mónica salió a la luz gracias a LALCEC Argentina, una organización civil sin fines de lucro que trabaja en prevención, concientización y acompañamiento al paciente con cáncer.

