Andrea Ávila acaba de sumarle México a su rol de CEO en Randstand para Argentina, Chile y Uruguay, otro mercado de gran escala e importancia para la compañía. El desafío es grande, tanto como la dedicación que esta especialista en recursos humanos y liderazgo pone a su trabajo, en un sector que atraviesa cambios acelerados.
Ávila analizó el debate por la reforma laboral que se lleva adelante en Argentina y lo cruzó con las tendencias que ya están reconfigurando el mercado de trabajo. Explicó también por qué el talento argentino se volvió tan “exportable” en la región y cómo muchos expatriados empiezan a volver al país.
¿Cómo fue incorporar México a su órbita?
Un desafío enorme tomar uno de los mercados más grandes de nuestra industria en Latinoamérica y con la convicción de que hay que dedicar tiempo en conocer al equipo y a la idiosincrasia. Conocer a las personas desde lo personal y después desde lo técnico.
Hay muchos ejecutivos argentinos al frente de filiales en otros países ¿Por qué?
Tiene que ver con la adaptabilidad que tenemos por el contexto en el cual vivimos. Los argentinos tienen capacidad de trabajar en contextos de incertidumbre, miramos de forma diferente cómo vamos a solucionar un problema, porque eso nos desafía todos los días y si no, no sobrevivimos. Esa adaptabilidad se suma a los conocimientos técnicos y la posibilidad de formación universitaria que tenemos en nuestro país. Ese día a día nos da características muy interesantes para desarrollarnos en cualquier parte del mundo.
¿Qué similitudes tiene la forma de hacer negocios en la región?
Tenemos características muy similares en la generación de vínculos para generar negocios en Latinoamérica. Hay países más formales. México tiene una estructura de formalización donde un CEO habla con un CEO de manera prepautada y puede lograr un contacto institucional mucho más estandarizado. Argentina es el lugar donde mayor esfuerzo de vínculo hay que hacer para poder establecer ese tipo de networking. Cuando llegás a cada país hay que aprender a qué cosas le prestan atención. En Argentina, por nuestra inmigración, no distinguimos entre argentinos y extranjeros: tu nacionalidad es una nota de color. En otros países puede ser totalmente diferente. Pero normalmente, la diferencia de nuestra industria se da por los marcos regulatorios.
En cuanto a marcos regulatorios, ¿qué impacto tendrá la reforma laboral que se discute en Argentina?
El mercado laboral es dinámico en todo el mundo. Cada vez más personas quieren trabajar de maneras diferentes: menos días, menos horas, múltiples trabajos, diferentes horarios. Es una necesidad del ser humano. Por el otro lado, las empresas también necesitan un dinamismo productivo mayor. Entonces tiene que haber un link entre la realidad que hoy vivimos (impactada por velocidad, tecnología, por necesidades personales de tener diferentes vínculos con el trabajo) y un marco regulatorio que pueda abrazar e incluir esta realidad. Por supuesto generando una protección de derechos básicos que todo trabajador tiene que tener. Eso no está en discusión. En ese debate tiene que participar la persona que trabaja, la empresa, el Congreso que legisla y los sindicatos. Es un debate necesario y tiene que integrar todos los ámbitos sociales. Si el marco regulatorio que se decida no es equilibrado, no funciona.
¿Las empresas ya planifican el año con los cambios que puedan surgir de la reforma?
Se trabaja con distintos escenarios porque hasta que esa normativa, que requiere un debate profundo, pase por el Congreso, en un país como Argentina, es de altísima volatilidad. Entonces, la mayoría de los planes están construidos con las reglas vigentes, con una mirada a lo que puede pasar.
¿Se logrará el equilibrio?
Yo vengo de una mirada donde esto es posible. Mi abuelo era sindicalista. Creo que es posible encontrar ese equilibrio donde se encuentre el punto común y el ganar-ganar, sin desconocer realidades del mundo laboral actual.
¿Cuál es el punto más crítico del mercado laboral hoy para las empresas?
Más que la legislación técnicamente, hay problemáticas. Por ejemplo, la industria del juicio. Tiene que ver con la aplicación de la norma. Otro es el costo laboral y no me refiero al salario sino al esquema de diferentes niveles de tributación previsional. Y también el sistema previsional en sí. No funciona en nuestro país ni en ningún lugar del mundo. Hay que hacer un replanteo profundo: vivimos más, trabajamos más y la población activa no logra pagar el costo de la población que se retira.
¿Y el cambio cultural de la relación con el trabajo?
Ese es otro eje. Hay nuevas formas de relacionarnos con el trabajo y con la productividad. Las empresas aplican tecnología, requieren otros niveles de productividad. Y la necesidad del trabajador de tener nuevas formas: horas, días, formatos. Eso hay que abordarlo.
¿Aplica al trabajo remoto?
En parte. La presencialidad no impacta de la misma forma para todos los roles y funciones dentro de la organización, pero claramente es necesario para algunos roles y hay un impacto en la productividad. Cuando se está en un ámbito laboral rodeado de compañeros con posibilidad de intercambio, siempre hay un plus. Cara a cara se logra la empatía, el conocimiento, el trabajo en equipo.
Muchos dicen que desde su casa trabajan más, porque en la oficina hay mucho tiempo de charlas, mate...
Ese tiempo que se dice que “perdemos” es un tiempo esencial para la construcción del equipo y para la productividad. El trabajo en equipo se potencia con el conocimiento del otro y con el intercambio. Además, cuando se trabaja desde casa, probablemente estés más horas pendiente del trabajo pero cuando hacemos una revisión concreta de la atención que se pone, se ve que es menor y nos desgastamos más, por lo tanto se produce menos. Quizás no el primer día, pero sí a mediano plazo.
Entonces, ¿hay una “fórmula” sobre cuántos días presenciales son convenientes?
Todavía no encuentra una pauta común ni un entendimiento entre el planteo que pueda hacer la empresa, cómo lo siente la persona que tiene que querer trabajar, el rol, las generaciones, las distancias entre el lugar de trabajo y donde se vive. También hay que entender que ya no todo es ‘relación de dependencia’ como lo conocimos en otra época y los marcos regulatorios del mundo no contemplan que ese no es el modelo dominante de trabajador. Las generaciones más jóvenes no tienen el aspiracional de una vida corporativa. Son microemprendedores o emprendedores que dan servicios para empresas. Ahí hay un mundo laboral que hay que ver cómo se encara. En trabajo cambia velozmente: roles, funciones. Las empresas tienen que hacer upskilling y reskilling porque cambió la tecnología, el proceso. Y no sabemos cuál va a ser la estructura final del mundo laboral pero sí sabemos que va a cambiar.
¿Se seguirán viendo olas de ejecutivos expatriados?
En la Argentina la economía que aparece más estable, con menos inflación, hace que tengamos menos personas que quieran irse a trabajar afuera, menos exportación masiva. Eso tiene que ver con estabilidad macroeconómica que perdure, reglas de juego claras y la posibilidad de un salario en moneda estable. También hoy uno puede trabajar desde donde esté para cualquier lugar.
¿Se revirtió en todos los niveles?
Hay mandos intermedios y gente técnica que exportaba servicios desde Argentina que puede seguir haciéndolo, pero también se plantea ser independiente para una compañía local. No solo exportar buscando cobrar en moneda estable. Empezamos a tener estabilidad local y eso cambia la mirada.
¿Tiene sentido que las empresas inviertan en cultura organizacional y bienestar si ya no existe la carrera de por vida?
Sí. Se logra mejor clima de trabajo, mejor rendimiento, mayor productividad. Rinde porque si vos te vas de la empresa, después vas a querer volver. Eso pasa hoy. Los jóvenes se van y muchas veces retornan. Antes, era impensable. Se habla de retención pero me gusta más decir que la persona elija permanecer.

