Hoy, lunes 19 de enero, estamos a un día de que se cumpla el primer año del segundo mandato de Donald Trump. Y se puede afirmar, sin excesos retóricos, que ha sido un año en el que hemos vivido peligrosamente.
Nada es igual a como era hace un año. El trumpismo ha desbordado los marcos tradicionales de la política estadounidense y aún está por verse cómo se resolverán las múltiples crisis, tensiones, amenazas, ofertas, pulsos arancelarios y demostraciones de fuerza que ha provocado en este primer año de gobierno. Donald Trump, con su instinto para el espectáculo, a medio camino entre la crónica de sucesos, la nota roja y la cultura de la confrontación sindical neoyorquina –ya sea en los puertos o en las grandes obras–, es un presidente que desentona con la figura clásica del cargo. Trump, para bien o para mal, es algo más que el jefe del poder Ejecutivo estadounidense.
Tiene una intuición singular para entender cuándo el poder se detiene y cuándo no. Si una bala no fue capaz de detenerlo, menos lo harán las leyes, los tribunales, ni siquiera la conmoción social provocada por las operaciones del ICE en barrios de ciudades como Minneapolis, Nueva Jersey o Los Ángeles. A estas alturas y con el contexto que lo rodea, cualquier otro gobernante ya estaría camino de la destitución o, al menos, de una crisis institucional de gran magnitud.
Cualquier otro líder ya hubiera tenido la obligación política y moral de someterse a un marco que hoy parece erosionado hasta el límite: la Constitución de Estados Unidos. Pero si algo Trump ha demostrado en este año es su capacidad para neutralizar no sólo a sus enemigos, sino también su voluntad de victoria. Como escribió Sun Tzu en El arte de la guerra: “La suprema excelencia no consiste en vencer al enemigo en 100 batallas, sino en someterlo sin luchar”. Y lo que más impacto tiene es quitarle toda esperanza de triunfo.
Desde la traumática transición posterior al asesinato de Abraham Lincoln, en Washington no se había visto una concentración de poder tan dependiente de una sola lealtad: la relación directa con la Casa Blanca. Los partidos políticos han quedado desdibujados, los tribunales parecen moverse con cautela extrema y los ciudadanos observan cómo las fuerzas de seguridad que ellos mismos financian son arrastradas a conflictos internos de enorme gravedad.
Quedan 10 meses para noviembre y Trump es consciente de que el tiempo es un factor decisivo. Como les ocurrió a otros gobernantes de triste recuerdo, este periodo puede definirlo todo. No se trata sólo de ganar una elección, sino de consolidarla de facto antes de que se celebre.
Trump, hasta ahora, por la vía de los hechos, ha contribuido a alterar el equilibrio internacional. Todavía no sabemos cuáles serán los costos reales de su forma de gobernar, ni cuándo se articulará una oposición efectiva o una reacción social de gran escala. Pero entre la presión arancelaria, la retórica bélica y el uso del poder como instrumento de intimidación, Trump ha dejado claro que concibe la política internacional como un juego de fuerza. Ha cambiado el nombre del Departamento de Defensa – aunque no legal, sí prácticamente – y ha reinstalado en la práctica una lógica de guerra como eje de la política exterior y de la proyección de poder estadounidense
Si Trump logra una victoria contundente en noviembre, si arrasa electoralmente, podrá hacerlo todo con el aval explícito de su electorado y en nombre del pueblo estadounidense. En ese punto poco importará entonces cuántas veces haya puesto en riesgo la estabilidad global o la paz de otros pueblos. El respaldo popular se convertiría en su absolución.
En este escenario, los únicos actores que se han mostrado moderados, al menos en apariencia, son los chinos, el otro gran polo del poder mundial. Vladimir Putin ya optó por la vía clásica de la reivindicación territorial mediante la guerra, con la invasión de Ucrania como ejemplo. Irán, por su parte, enfrenta un creciente cerco estratégico que podría desembocar en el debilitamiento o caída de su régimen, reconfigurando el equilibrio del mundo árabe. Ese eventual desenlace reforzaría la hegemonía saudí y consolidaría el liderazgo de Mohammed bin Salman en la región, desactivando uno de los principales focos de inestabilidad y del negocio del terror.
Europa sencillamente ha dejado de ser una prioridad para Donald Trump. No parece formar parte ni de su atención ni de su interés estratégico. Más bien aguarda su desgaste demográfico, político y económico, como si el continente estuviera condenado a desaparecer de la relevancia global que alguna vez tuvo, incluso en la fundación misma de Estados Unidos.
Cuando era niño, en la España de Franco, me impresionaba una frase recurrente del dictador: “Yo sólo soy responsable ante Dios y ante la historia”. Trump no es un dictador militar, sino un presidente democráticamente elegido. Sin embargo, hace unas semanas señaló que el único límite está dentro de él con una frase que seguramente pasará a la historia: “Mi moral es el límite, no el derecho internacional”. Lo inquietante es que esa moral sigue siendo uno de los secretos mejor guardados de nuestra época.
En el mundo según Donald Trump, es difícil saber con certeza –más allá de su visión de un capitalismo puro, primitivo y sin matices– qué es exactamente lo que él comprende acerca del poder y cómo cree que debe ejercerse. Sin embargo, hay un hecho indiscutible.
Más allá de su concepción casi decimonónica del capitalismo, cuando uno observa lo que está haciendo con Groenlandia, surge incluso la duda de si realmente quiere el territorio. La forma en que plantea el asunto no apunta a una negociación estratégica, sino a la creación deliberada de un conflicto de gran escala. Lo que Trump está haciendo con Groenlandia es dinamitar la relación con Europa, por un lado, y con la OTAN, por otro. No se entiende lo virulento de la presentación, pero en cualquier caso, establece la imposibilidad de una negociación buena para todos.
Hace unos días Francia, Alemania, Noruega y Suecia anunciaron el despliegue de tropas para proteger Groenlandia, la pregunta es: ¿protegerlos de quién, de Estados Unidos?
Resulta paradójico, porque desde hace décadas –más allá de la violencia, que siempre debería ser el último recurso– la política y la diplomacia han demostrado que existen caminos para alcanzar acuerdos sin necesidad de convertir cada disputa en un pulso desagradable y peligroso.
Que Groenlandia termine algún día bajo una mayor órbita de influencia estadounidense puede parecer, para algunos, algo natural o incluso lógico desde una perspectiva geoestratégica. Sin embargo, el problema no es el objetivo, sino el camino. Por esta vía, más que la intención de cerrar un acuerdo, lo que transmite Trump es que no busca una solución, sino un pretexto. No para negociar, sino para escalar. No para resolver, sino para provocar y ese es, precisamente, su modo de entender el poder.
Este ha sido un año que vivimos peligrosamente. Y el que inicia puede ser el año en el que, tal como van las cosas, Trump termine por consolidar definitivamente su poder. Todo depende de noviembre. Si gana, Roma podrá arder.

