Más que una celebración puntual por el Día de la Candelaria, la Feria del Tamal y el Atole funciona como un concentrado del consumo real de este platillo en México. En un mismo espacio es posible recorrer distintas técnicas de masa, tipos de envoltura, estilos de cocción y perfiles de sabor que normalmente solo se encuentran viajando por el país.
Aquí el tamal no se presenta como pieza folclórica, sino como alimento vigente: el que se desayuna, se vende, se hereda y se adapta. La variedad responde tanto a la geografía como a los hábitos actuales de consumo, con opciones que van de lo salado a lo dulce y de lo espeso a lo bebible.
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tamales
Uno de los ejes centrales del encuentro es la presencia directa de quienes elaboran los productos. Más de 50 productores y emprendedores participan en esta edición, lo que convierte a la feria en un espacio de compra directa y conversación. El visitante puede entender procesos, ingredientes y tiempos de preparación sin intermediarios.
Este formato también permite dimensionar el valor del tamal como producto artesanal. Cada pieza implica nixtamalización, molienda, sazón y vapor; cada atole requiere equilibrio entre grano, agua y calor. La feria pone sobre la mesa ese trabajo, muchas veces invisibilizado en el consumo cotidiano.
Aunque suele ocupar un segundo plano, el atole tiene un papel central en la feria. Su presencia permite observar cómo una misma base —el maíz— se transforma en bebidas de distintas densidades, sabores y usos. Desde atoles ligeros para beber hasta versiones más espesas que funcionan casi como alimento completo, la oferta refleja la vigencia de esta preparación en la dieta mexicana.
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Atole
Comer tamales a finales de enero y principios de febrero responde a una costumbre súper arraigada, pero la feria demuestra que esta práctica se ha desplazado también al espacio público.
Datos de la Feria del Tamal y el Atole 2026

