El Indec dibuja los números, afirmó el flamante diputado nacional Agustín Rossi (Unión por la Patria), exjefe de Gabinete, interventor en la AFI y ministro de Defensa del profe Alberto, y también ministro de Cristina. Después, arregló un poquito la frase y dijo que, en verdad, “rectifica para atrás”. Nadie puede menospreciar el conocimiento de Rossi sobre la cocina del Indec, habiendo compartido tantos años de militancia con Guillermo Moreno. Y, menos, la creatividad de los rebusques en nuestro país. Está visto que el Indec no necesita un experto en estadísticas a la cabeza, sino un egresado de Bellas Artes.
Pongamos algunos ejemplos de esos rebusques. No es nuevo, pero entre nosotros viene siendo un curro en ascenso el de los monotributistas muertos de hambre o comprobadamente fallecidos que se vuelven multimillonarios en un tris.
Habrá que dar crédito al viejo refrán que reza que en la Argentina no trabaja el que no quiere. ¿Qué me dice, querido lector, del oficio de secanucas? Da un poquito de asco, es cierto, pero menos que los olfateadores de olores diversos convocados por empresas de perfumería para testear la efectividad de sus productos.
Va otro yeite bien nuestro: instalador de pistas de aterrizaje clandestinas de aterrizaje. Se construyen, se usan, se cobra en especies y se abandonan. Impunidad garantizada.
Maître de encarcelamientos domiciliarios en deptos de lujo, para organización y manejo del personal de mantenimiento, limpieza, manicura, peluquería, paseos en altura y talleres semanales de cocina política. Le cedo el registro de marca: @celdasVIP.
Y le enumero algunos más para que después no ande por la vida diciendo que es un triste desempleado. ¿Qué tal “diseñador de tobilleras de alta gama para usuarios exigentes? Le paso otra y hasta le regalo el eslogan: “Acumulamos automotores de lujo con la tuya”... o con la suya, dependiendo de la edad del ciudadano al que se le expolia los impuestos.
El Estado, como siempre, da para hacerse un festín. Por ejemplo: inspector de ñoquis: se cobra por cajero, nunca presencial. Catador de cargos públicos: gran rotación, buena paga, poca exigencia.
Hay uno que me resulta muy atractivo, seguramente por deformación profesional: ghostwriter de cuadernos Gloria o veedor de lectoescritura criminal.
Le dejo una yapita porque en este escueto espacio no hay forma de enumerarlos todos: rosqueador digital, especialista en fake news: reinserción asegurada, no se exige exclusividad y, mucho menos, pertenencia; revoleador de bolsos con viyuya en los airbnb de Dios; Robin Hood a la inversa: roba a los pobres para hacerse rico; pichón de bot: habla mucho sin dar nunca una solución, y gerente de silbato: calzarse el uniforme de empresa de seguridad para sentirse Gulliver por un ratito.

